Alfredo Alcain presenta en su exposición de Vigo, su verdadera singularidad como artista. Hay que recordar que como pintor, parte del ambiente figurativo madrileño, aunque muy pronto introduce un elemento diferenciador: un humor fino, sutil, exigente y autocrítico, incluso corrosivo, con los principios que le parecen más estables.

Sabe quedarse como nadie en ese espacio difícil que es el límite entre la tradición y la modernidad, porque Alcain, fiel a la poca pintura, es uno de esos artistas que siempre aparecen, se paran y analizan una novedad o un cambio de rumbo en los discursos expositivos, aunque a veces está guiado por un cierto –y lógico– escepticismo.