Alfredo Alcain

Para comprender la verdadera singularidad de Alfredo Alcain (Madrid, 1936) hay que recordar que, como pintor, parte del ambiente figurativo madrileño, aunque muy pronto introduce un elemento diferenciador: un humor fino, sutil, exigente y autocrítico, incluso corrosivo, con los principios que le parecen más estables. Sabe quedarse como nadie en ese espacio difícil que es el límite entre la tradición y la modernidad, porque Alcain, fiel a la poca pintura, es uno de esos artistas que siempre aparecen, se paran y analizan una novedad o un cambio de rumbo en los discursos expositivos, aunque a veces está guiado por un cierto –y lógico– escepticismo. Consciente de su condición de pintor-pintor, es irreductible: en su vida, en su actividad, no busca excusas ni propone pasos intermedios, y hace que todo gire en torno a la pintura.

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Fuente de los datos: Xunta de Galicia

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